31 octubre 2006

 

CAPÍTULO VII (A la rosa de tallo firme y pétalos carnosos)

¡Por fin solos! —exclamó Dolo, y le preguntó—: ¿Recuerdas —Vito la miró— qué comencé a decirte después de darte las gracias por recoger del suelo el jersey?
Él, derrumbado moralmente por la última puyada de Caín, se encogió de hombros, negando con la cabeza, al mismo tiempo que recogía del suelo su chaquetón y la cartera.
—No importa —continuó ella—. Lo que iba a decirte en el momento en el que llegaron ellos era, y es, que me gustaría mucho que pasáramos dentro, tomásemos un café, o lo que te apetezca, charlemos sobre nosotros que hasta ahora no lo hemos hecho, y luego, si lo deseas, te marchas.
Vito sintió una opresión en el pecho. Lo que realmente aceleró su pulso fue; más que por lo que Dolo le dijo, por el tono que empleó al decírselo. Tenía la sensación de que su corazón estaba a punto de griparse (agarrotarse). De nuevo le volvieron las dudas sobre ella. Dudas que le hicieron pensar:
—<"Porque hable un ratito con ella, no me va a pasar nada, eso sí, lo que tome me lo serviré yo mismo, así evitaré que me eche algo raro. ¡Me gusta tanto! Pasaré. Quedo como un caballero, y jumo (humo: largarse)>>.
Vito caminó hacia la puerta.
Al acercarse, ella le preguntó con cierta duda nerviosa:
—¿Pasas?
Él, sin contestarle —porque era incapaz de que le salieran las palabras—, le indicó con la mano que pasara ella primero. La siguió. Ya dentro, ella le cogió el chaquetón y la cartera; abrió una puerta, que dormía sobre la pared, junto al portón. Colgó el chaquetón, y la maleta la dejó descansar en el suelo del guardarropa. Vito no le quitaba ojo.
—Te puedes sentar donde quieras —le dijo Dolo, perdiéndose en algún lugar del apartamento que él no vio al estar buscando un lugar para sentarse.
Vito se decidió por un sofá que le recordó a uno que había visto en alguna película sobre la Revolución Francesa. Después de tanta tensión vivida, no se sentó, se repanchigó (extenderse en el asiento con toda comodidad). En la aparición de Dolo, se revolvió para sentarse.
—No te preocupes. Ponte cómodo. Yo también he necesitado tumbarme un momento en la cama. ¿Qué te apetece tomar?
—¡Coño! —exclamó mirándose la muñeca derecha.
—¿Cómo? —ella reaccionó inmediatamente—. ¡Vito! No me parece que…
—¿Eh? ¡Oh, no, por favor! —nerviosismo incontrolado—. Quiero decir que son las nueve de la noche —su rubor explosionó a tal intensidad, que tuvo la sensación de que olía a chamusquina (quemado) su ya brotada barba.
—¿Y?… —le pidió explicaciones ella.
—No, nada. Sí, sí. La verdad es que sí —casi tartamudeaba—. ¿No crees que es tarde para coger el último AVE?
—¡Entonces es cierto! Deseas marcharte esta misma noche, ¿no?
Vito hizo un gesto con los hombros, como de resignación.
—Que yo recuerde —continuó Dolo—, me dijiste que te quedabas a dormir en Madrid… ¡Ya! Me estás engañando. Lo que deseas es no estar conmigo. Ya lo intuía yo. No…
—Beefeater con Coca-Cola, en vaso largo, y mucho hielo —la ambigüedad en la que vivía se decantó (preferir, inclinarse por) por el deseo del corazón, acrecentado porque nunca podía soportar que alguien se sintiera triste ante él; continuando—: Para tomar café ya es muy tarde para mí. Por eso de que por la noche te despabila (quitar el sueño).
—¡Bien! —la alegría de Dolo la llevó en volandas hasta la barra de bar, situada a un costado del salón. Con más velocidad que Tom Cruise, en Cóctel, atendió a Vito.
—¿Tú también bebes lo mismo? —Vito al ver que traía dos vasos gemelos.
—Es mi bebida favorita —ella acercó una butaca, para poder sentarse frente a él.
Vito dio un trago, lentamente, mientras pensaba:
—<"Ya empezamos. Al final tendremos los mismos gustos. ¡Ojo, Vito! Ésta te va a comer el coco otra vez, y te arrepentirás. Bébetelo cuanto antes, y juye. Olvídate de que te gusta, pero no te olvides de cómo funciona ella. Es peligrosa, y casi siempre te lee el pensamiento. Es bonita de cojones. Parece… Sí, sí, parece un ángel, pero del equipo de Luzbel (el príncipe de los ángeles rebeldes. Otros nombres: El Diablo, el Demonio, Lucifer, Satán, Satanás, Leviatán, Belcebú)>>.
—¿Se puede saber —Dolo interesadísima— qué es lo que estás pensando, o es que tu mirada se pierde cuando bebes?
—¡No, que va! —tuvo que pensar rápidamente una respuesta convincente—. Estaba calculando el tiempo que tardaré en llegar a la estación de Atocha, pero como no sé dónde estoy, no puedo calcularlo.
—No te preocupes. Calcula como máximo media hora. Lo que quiere decir que te quedan dos horas para que te tomes esta copa, o las que quieras, aquí conmigo, ¡vamos, si quieres!
Vito cruzó las piernas y se restregaba la palma de las manos sobre el pantalón, a la altura de los muslos. Sin poder evitar pensar:
—<<¡Vito, otra copa no, que te pierdes! Dile que no, que quieres marcharte ahora>>.
—Ya te conozco un poquito —continuó Dolo—, y sé que ese silencio es que también deseas aprovechar esas dos horas para conocernos.
A Vito el tormento le provocó un trastabilleo mental. Impidiéndole que respondiera.
—Vaya tarde que he tenido —prosiguió Dolo—. Perdona por abandonarte en el restaurante, pero era un asunto que no podía retrasar. De veras que lo siento. Si no te hubiera abandonado, no hubiera pasado lo de la llave. De todas formas quiero que sepas que no ha tenido importancia —él la miró expresándole sorpresa—. ¡Vale! Me puse furiosa, pero no era por ti. Ya venía malhumorada. Es lógico que después de cómo te he tratado te quieras marchar.
A Vito volvieron a relucirle los ojos. Sus pensamientos afloraron de nuevo:
—<"Parece otra. Cómo habla... Que se calle ya que, si no, me quedo>>.
—Antes de que —continuó ella— por alguna circunstancia inesperada se me olvide, quiero que sepas que me ha gustado mucho estar contigo…
Vito refrescó el gaznate y el sofoco que le estaban causando las palabras y el tono que les ponía ella:
—<<¡Qué voz, madre, qué voz! No te comas el coco, y no la mires que te pierdes. Dile de una vez que te tienes que marchar>>.
—Perdona un momento —dijo ella, evitando que él pudiera hablar—, sólo un momento, que tengo que pasar unos datos, muy importantes, al ordenador, antes de que se me olviden —levantándose rápidamente.
Vito hizo un gesto de conformismo con la cabeza. Mientras bebía el cubata observó, en un espejo que decoraba una de las paredes, como Dolo entraba en una habitación y cerraba la puerta. Aprovechó para desentumecer su mente, levantarse, y echar una visual, sin ver, por el salón. Sus pensamientos estaban desmadrados:
—<<¡Ya empezamos! Le digo que tengo prisa y, como la que oye llover, se va a escribir unos datos importantes, ¡según dice ella! ¡A saber qué estará haciendo! La verdad es que me está hablando muy bien. Qué voz tiene, madre, qué voz tiene. Y qué no tiene bueno ésta. Vito, Vito, Vito, que ya la conoces, que está como una chiva. ¿Qué estoy haciendo yo aquí? Es impresionante como vive. ¡Anda, no me he acordado de ver la cuenta del restaurante!... Sí, la tengo aquí —la sacó del bolsillo con expectación—. Quinientos euros…, ¿cuanto es en pesetas? —hizo un cálculo mental—. ¡Ay, la Virgen! Más de ochenta mil pelas, pero, ¡si casi no hemos comido! Así tuvo que pedirle más pasta al padre. Ni el Banco de España aguanta lo que gasta ésta en teléfono, en ropa, en comidas, en la propina al chori, y en este apartamento que es más grande que el castillo de Niebla. Este nivel sólo lo pueden llevar los…>>. —momento en el que sonó su móvil. Del sobresalto, sin querer, le pegó con la mano a su cubata, rompiéndose el vaso sobre la mesa. El cubata no se conformó con que lo probara la mesa, sino que también tuvo que invitar a la alfombra.
Dolo, al oír el móvil y el sonido de cristales, salió corriendo de la habitación.
—Ha sido sin querer... —se disculpaba nerviosamente—. No esperaba que sonara el móvil y..., seguramente será mi madre, que como no la he llamado estará preocupada —la precipitación nerviosa le traicionó: Utilizaba la factura del restaurante como si fuera el móvil.
—Ese modelo de móvil no lo conocía yo —le decía Dolo—. Tranquilo, tranquilo.
—Dime madre —ya con el móvil.
—…
—¡Perdón! ¿Quién es? —preguntó. La cara se le descompuso.
Dolo hizo un gesto de contrariedad; murmurando—: ¡Otra vez el Caín!
—… —la expresión que lucía Vito, hizo a Dolo temer lo peor.
—Sí. Sí. Estoy aquí. Dígame, señorita.
—…
—Un momento, por favor, que tomo nota —Vito muy nervioso. Las manos le temblaban. Con torpeza sacó un bolígrafo y una agenda pequeña del bolsillo de su chaqueta.
Dolo no digería su sorpresa.
—Repítamelo, por favor —intentaba escribir pero la agenda se le resbalaba.
Dolo se acercó, arrodillándose junto a la mesa para sujetarle la agenda, aprovechando para leer lo que Vito escribía: “Mañana a las ocho de la mañana en las oficinas de Alea Jacta Est. El mismo edificio donde entregué los currículos. Para una entrevista con el Sr. Sanmiguel” —fue lo último que escribió.
—¡Gracias, muchas gracias! —contestó Vito al despedirse—. ¡Vaya nombrecito! Te da respeto nada más oírlo —comentaba nervioso—. ¡Un nombre en latín! Seguramente será de alguna empresa del Vaticano. Esta gente, como buenos representantes del de arriba, está en todas partes.
—No —se entrometió Dolo—. Yo he leído, en algún sitio, la publicidad de esa empresa. Creo que es de consulting. Qué suerte, ¿no? —Dolo rebozaba alegría—. Ahora no te marcharás, ¿verdad? Aunque tú, por perderme de vista, eres capaz de hacerlo, y dormir en un banco de la Estación de Atocha.
Vito, mientras se frotaba la frente con la mano derecha, comenzó a hablar con agobio de agobiante agobio:
—Por favor —rogaba y resoplaba—. No me agobies, que ahora mismo tengo un cacao que no me aclaro. Eso quiere decir… que el señor Jefe de Conserjería ha entregado los currículos... y yo desconfiando de él. Eso quiere decir…, también, que me tengo que quedar a dormir aquí, ¡bueno en Madrid! Eso quiere decir… que la hora que es y… sin habitación. Eso quiere decir… que ahora que me acuerdo, por la falta de costumbre, no me he traído ni ropa para cambiarme ni maquinilla de afeitar ni nada para asearme. ¡Joder, joder, joder que inútil! Eso quiere decir… que mañana no me puedo presentar hecho un adefesio (mamarracho). Eso quiere decir… que…
—Eso quiere decir —le interrumpió ella— que la única solución que tienes es quedarte aquí a dormir.
Vito agachó la cabeza sin querer oírla.
—Sí. Aquí en mi casa. Aquí podrás asearte tranquilamente. Aquí tienes todo lo necesario: cama, baño, ducha, y lo que te falte lo traerán inmediatamente. ¿Te…?
—¡Cómo, cómo, cómo!, ¿que yo me quede aquí a dormir contigo?
—No, no, no, no, ¿conmigo!, nooo. Tú solito en una habitación, que tengo varias, ya lo verás, o… —mirada granuja (bribón, pícaro)—, ¿es que te da miedo dormir solo? —Vito sudaba—. Si quieres —mirada bribona— contrato a una canguro para que te acompañe, te cante una nana, y te acurruque toda la noche —antes de que contestara Vito, Dolo aclaró—. Pero con el climaterio caducado.
Vito se encogió de hombros, preguntándole:
—¿Clima… qué?
—¡Chico, las que han entrado en el periodo de la vida que precede y sigue a la extinción de la función genital, y, por supuesto, caducada porque como mínimo tiene que tener ochenta abriles!
Vito no pudo ocultar su sonrisa, ni el repelús (escalofrío) que le entró al imaginarse la canguro que le pondría. Diciéndole:
—Por favor, no me alteres más de lo que estoy —le rogó Vito, cogiendo a continuación el cubata de ella y se lo bebió de un trago.
—¡Ja! Yo te altero, ¡y ese cubata, no?
Vito, con todos los dedos de sus manos, se rascaba la cabeza. No sabía qué hacer. Con mudez voluntaria, se levantó, dio un paseo por el salón, volvió y, de pie, se terminó de tomar el cubata de ella.
Dolo comprendió que él, en ese momento, la ignorara. Sin decirle nada, para no aturdirlo (desconcertarlo) más, se dirigió a otra mesita que había en una esquina del salón, descolgó un teléfono, más antiguo que las Tablas de la Ley, marcó, y comenzó a hablar.
Él estaba tan abstraído, con el problema de dónde dormir, que ni se enteró de lo que hablaba Dolo por teléfono. Al colgar se acercó a Vito. Le hizo una indicación con el dedo para que no dijera nada. Con su mano derecha cogió el brazo izquierdo de él, e hizo de lazarillo. A Vito se le pusieron los bellos de punta del calambre que recorrió su cuerpo al sentir la mano de Dolo. Obediente, como nadie, se dejó llevar. El destino final fue la terraza. El aire fresco de la noche, le vino que ni de perilla (a propósito). Hasta dejarlo sentado en una butaca, compañera de una mesa, junto a la piscina, ella no le soltó el brazo. Perdido en sus pensamientos, ocupó la localidad que Dolo le había regalado. Ella volvió a entrar en el apartamento, preparó otros dos cubatas, regresando lentamente para deleitarse (deleite: placer del ánimo, de lo sentidos) mirando a Vito.
—Qué, ¿más tranquilo? —le preguntó al sentarse junto a él.
—Sí —no era cierto, porque recibió, en su estómago, una descarga de miles de voltios, provocada al sentir la mano de ella acariciarle, varias veces seguidas, con mucho cariño, el brazo izquierdo—. Verás… —antes de continuar, pensó—: <"Esta muchacha me va a matar. ¿Por qué me toca así?>> —tuvo que hacer un gran esfuerzo para continuar—: Verás, es que quedarme aquí...
—¿No te gusta mi casa? —la pregunta de Dolo lo cubrió de silencio—. Contéstame a una pregunta —le solicitaba ella—, pero lo debes hacer de corazón. Mírame a los ojos. Te ruego me contestes lo que sientas de verdad…
La petición de ella aumentó en él la alteración interna. Estaba más nervioso que nunca. Presentía lo que le iba a preguntar. El hecho de que ella le acariciara el brazo con tanta delicadeza —no quería pensar que era cariño—, más aun cuando apoyó la otra mano sobre la de él, le estaba provocando una situación embarazosa que le causaba un infierno en su bajo vientre. Realmente deseaba, con toda su alma, quedarse, pero no conseguía olvidar todo lo que había visto en ella. Pasados unos segundos, su corazón venció a su cerebro. Asintió con la cabeza dándole la conformidad a Dolo para que hiciera la pregunta. Intentó mirarla a los ojos pero no pudo.
—¿Por qué no quieres quedarte en mi casa? —el tono de voz se acercaba más a una petición que a una pregunta.
Vito continuaba en el zurrón de su silencio. Varios siglos-segundos se tomó para responder:
—No creo que... —en ese momento sonó el video-portero—. ¡No te molestes! Voy yo, que ya sé como funciona —se ofreció para disponer de más tiempo para pensar una respuesta que no la molestara.
Ella lo dejó.
Al regresar, el rostro de Vito, portaba un desmedido pavor.
—¿Qué te ocurre? ¿Quién es? ¿Qué pasa? ¿Por qué tienes esa cara? —batería de preguntas de Dolo.
—Son_son_son_son dos policías —contestó tartamudeando—. Preguntan por ti.
—¡Por la Santísima Virgen!, ¿por eso te pones así? ¡Dos policías, y qué! Ahora mismo voy a ver qué quieren. Vuelvo enseguida.
A Vito le volvió el dolor de cabeza. En un periquete había pensado de todo: alterne, mafia, drogas, el Caín que les habría contado que lo iban a descuartizar. Ya no podía más. Con rabia cogió el cubata, bebiéndoselo casi del tirón.
—Te va a sentar mal si te lo tomas de esa manera —le dijo Dolo al acercarse después de hablar con los policías.
Él la miraba como si fuera un fantasma. No quería saber, ni se iba a creer, lo que ella le contara.
—¿Ves?, ya estoy aquí. ¿No habrás pensado que venían a por mí?
—No, no —su cara no podía ocultar lo que realmente pensaba.
—¿Tú crees que yo sería capaz de hacer mal a alguien?
No contestó. Disimuló que bebía.
—¡Anda! —exclamación que a Vito le sorprendió—. No te lo vas a creer…
Vito, ante el tono dado por Dolo, movió la cabeza esperando una nueva putada de ella.
—… Me tengo que volver a marchar una o dos horas. Pero tú no te preocupes. Estás en tu casa. ¡Ah!, cuando llame al video-portero un empleado de MRW, le abres y le recoges el paquete que traiga. Lo abres y compruebas si falta algo —al gesto de sorpresa de él, ella le aclaró—. De lo que necesitas para que mañana puedas ir en perfecto estado de revista a la entrevista. Si faltara algo, ya lo pediré yo cuando vuelva. ¡Vito!, si llamara alguien que no se identificara como de MRW, por supuesto, no le abras. Y no te marches. Te lo ruego. Deseo mucho hablar contigo y poder conocerte, aunque sea sólo un poquito —le dio un beso en la mejilla. Él no la correspondió. Al alejarse, de él, le dijo—: Antes de irme voy a cambiarme. Cogeré otro móvil. Por si me necesitas, te dejo apuntado el número en la pizarra que hay en la cocina.
Vito no pudo evitar susurrar:
—¡Pues claro que no te voy a creer! ¿Por qué cambiará de móvil? Me huele a chamusquina. Seguro que la están esperando abajo los dos policías. ¡Macho!, y si la detienen y vienen a registrar el apartamento y me encuentran aquí, ¡me van a implicar con ella! Yo me largo cinco minutos después de que salga, porque esta va a acabar peor que los cristianos en el circo romano.
—¿Estás hablando solo? —preguntó Dolo desde dentro.
—¿Cómo? ¡No, no! —cogió el cubata de ella, se dirigió, con andares de zombi, a la barandilla de la terraza. Estaba en el limbo. Apoyó las manos en la parte superior de la baranda, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre ella, al tiempo que le echaba un vistazo desde las alturas a Madrid de noche. Le era imposible tranquilizarse. Su perola no dejaba de discurrir:
—<<¡Dios mío, dónde me he metido! Me gusta mucho, pero no debo olvidar que esta tía es una bicha venenosa. Lo del cambio de móvil es que no me entra en la cabeza. El de por la noche lo utilizará para los asuntos oscuros>>. —respiró hondo, y se dijo—: Necesito un cigarro —fue directo, con paso titubeante, al salón. Ya dentro, la llamó con miedo—: ¿Dolooooo? —mientras la esperaba descubrió que había recogido los restos del vaso que rompió, y limpiado la mesa.
—¿Sí? —ella salió veloz de una habitación, al mismo tiempo que terminaba de abrocharse el último botón de la bragueta y ajustarse el cinturón en un vaquero más oscuro que el que llevaba puesto antes. Mientras caminaba acercándose a él, con cara de esperar una noticia agradable, iba abrochándose, de abajo hacia arriba, los cuatro últimos botones de una blusa de seda rosa.
Instante en el que Vito descubrió que no llevaba sujetador. Intentó no mirar, pero pudo más su deseo que su voluntad. Sus dos objetivillos enfocaron directamente a la abertura de la blusa, recogiendo, en toda su extensión, el pecho derecho que estaba coronado por un pezón erguido que descansaba en el centro de una circunferencia perfecta de color rosado; y un poco el pecho izquierdo.
Ella, al advertirlo, aligeró nerviosamente los movimientos de los dedos, para cerrar la blusa cuanto antes.
—Necesito un cigarro —lo dijo mirando al tendido sin poder esconder la calentura de sus carrillos—. Voy a salir a comprar tabaco —dijo, más histérico que un yonki en abstinencia.
—¡Ja! —sorprendida—. ¡Pero si no te he visto fumar en todo el día!, ¿cómo necesitas un cigarro ahora..., o es una excusa para marcharte con un si te vi no me acuerdo?
—¡No mujer! —lo dijo como si ella lo hubiera ofendido—. Hace dos meses, veinticuatro días y casi —miró el reloj— veintidós horas, que dejé de fumar, pero con los nervios que tengo por la entrevista, y esta situación... —le decía Vito cuando ella lo cortó bruscamente.
—¿Qué situación? O sea, quieres decir que te sientes obligado a estar aquí. Sí, ya sé que te lo he pedido por favor, pero… Ya no te insisto más. Si quieres irte te vas. Únicamente te pido que lo hagas cuando yo me haya marchado. ¡Ah! Tabaco hay ahí, detrás de la barra del bar, en esa puerta junto al espejo que llega al techo —se dio media vuelta, entró de nuevo en la habitación, salió guardando el móvil en el bolso, cogió del ropero de la entrada una chaqueta, abrió el portón, y antes de dar un portazo, al salir, dijo—: ¡Si cuando vuelva no te encuentro aquí, te buscaré por todo el mundo para vengarme de tu huída! Es broma, tonto. Hasta… —el estruendo del portazo se zampó la última parte de la despedida.

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