06 noviembre 2006

 

CAPÍTULO XI (Las "COPULITAS" son los "CANTOS DE SIRENAS" en tierra firme. ¡Ojito con olisquear mucho por ahí! - jibr)

En el cuarto de baño, Vito se preparaba para la ducha.
—La muchacha quiere que yo utilice un albornoz rosa —murmuraba—. ¿Qué se habrá creído? Todavía ésta no se ha enterado de lo macho que soy. Voy a tener que demostrárselo. Ya me ha insinuado una vez que soy una mala maricona… Le tenía que haber dado una… No quiero hablar igual que ella. ¡Vaya lengua que tiene la finolis! Es lo que le hace falta, una buena hostia con mayúsculas, ¡verá cómo se le quitaban todas las tonterías! Al final hablo igual. Es que me tiene los nervios, ¡puff! Además yo soy un tío, y los tíos debemos hablar así, ¡si no los motores de fregona nos comen por sopa! Ahora que recuerdo lo de las ostras con la amiga, ¡mira que si ésta es tortillera! ¡Shuuu, shuuu! ¡La hija de puta toca todos los palos! Piensa, piensa, Vito, piensa… Tengo que tener mucho cuidado con ella. Si hago algo que le moleste, me manda a sus primos para que me descuarticen. Me dijo que sus primos eran hijos de su tío don Vito. Sí, el siciliano. ¡Yastá! ¡Clarooo! Se llama Vito, es siciliano… ¡Me cago en la leche! ¡Mafia, mafia pura! Toda la familia es mafiosa. Y esos dos ni son primos ni na, son dos matones que le guardan las espaldas. ¡Lo voy a pasar putas para salir de aquí! —se metió en la ducha—. ¡Copón! —sorprendido—. Esto no es una ducha… —sus sorprendidos ojos escrutaron (indagar, explorar, examinar cuidadosamente) el lugar—. Esto es como las cabinas esas que salen en las películas para transportar a la gente, sin ser vistas, de un lugar a otro en un abrir y cerrar de ojos. ¿Cómo cojones funciona esto? —toqueteó los mandos—. ¡Me cago en el copón divino! —una inesperada ráfaga de agua le acribilló el costado al son del Séptimo de Caballería—. ¡Hasta en la ducha lo tiene! —sin saber cómo, encontró la lluvia que más se parecía a la de una ducha convencional (usual, corriente, habitual)—. ¿Cómo coño sale el agua más fría? ¡Joder, con la maquinita! Le diré a la pija esa que le falta lo más importante… —se movía, con sonrisa pícara, para que el martilleo acuoso le proporcionara un masaje relajante—…, sí, sí, le diré: A tu maquinita para lavar carne fresca le falta una tía buena para que me duche, ¡jejejeje! Ha enviado a los dos gorilas a buscar a uno que le ha hecho fotos, ¡qué tiene de malo hacerle fotos! Pensándolo bien…, tal como se ha puesto, seguro que la ha fotografiado trabajando de camella o tirándose a algún personaje; que eso está muy de moda. ¡Pobre hombre!; cuando lo encuentren esos dos gorilas sólo le podrá hacer fotos a los espíritus. Cómo le metan las manos en una picadora, ni eso podrá hacer en el reino de las almas. ¡Pobre hombre, no sabe con quién ha topado! Cualquiera que lleve una cámara de fotos, y la vea, como lo más natural del mundo, no le hace una foto, sino el carrete entero. Ya le dije que era la octava maravilla del mundo. Ahora quiere contratar a un detective privado, ¡no cabíamos en casa y parió la abuela! Esta noche no es que no vaya a dormir, es que no pienso ni cerrar los ojos. Aquí se puede armar la marimorena. ¡Menos mal que yo no llevo una cámara, porque, como ya pensé en el restaurante, le hubiera hecho varias! ¡Joder, si se la hubiera hecho ampliaría el obituario (libro parroquial en que se anota las partidas de defunción y de entierro)! ¡No quiero pensar a quién le habrían echado mi carne picada! ¡Eso sí, conmigo se hubiera ahorrado contratar a un detective privado! —al salir de la ducha se puso el albornoz rosa.
Dolo, finalizado el arreglo, se dirigió a la habitación de Vito. Al entrar no le dio importancia el no verlo. Pensaba que estaba en la ducha. Se acercó a la puerta del cuarto de baño. No oía el cantar del agua astillada (astilla: fragmento que salta de una cosa que se rompe). Con sigilo acercó la oreja a la puerta. Estuvo un rato esperando sin oír nada. Se preocupó y pensó—: <<¿Se habrá caído?>> —su reacción fue inmediata: abrió bruscamente la puerta. Allí no había ni rastro de Vito ni rastro de que se hubiese duchado. Lentamente cerró la puerta intentando aclarar el enigma. Se sentó a los pies de cama.
—¿Dónde estará? —hablaba sola—. Irse no se ha podido ir. A no ser… que haya conseguido llegar a la escalera por algún sitio —salió de la habitación muy pensativa. Oyó un ruido muy cercano—. ¿A que se ha metido en el cuarto de baño del pasillo? —se dirigió hacia allí, abrió la puerta, y gritó—: ¡Aaaaahhh, qué vergüenza, pero si es marica!
A Vito se le descompuso la cara; aferró sus manos al albornoz para taparse más de lo que estaba.
—Ya te encontraba yo algo raro, Victoriano —le decía ella—, o ¿te gusta más que te llame Victoria? Si llego a saber que te gusta el rosa hubiera pedido el traje de ese color.
—¡Te voy a...! —salió corriendo tras ella. Al llegar al salón Dolo se volvió. Reía señalándole a su bajo vientre.
Vito inmediatamente se detuvo. Creyó que se le había abierto el albornoz.
—De acuerdo, de acuerdo —decía ella—, lo de moña era una broma. Me preocupé al ver que no estabas en el cuarto de baño de tu habitación. ¿No te gustó? —Vito se mordía la lengua—. Este cuarto de baño es el que yo utilizo. No me gusta utilizar el de mi habitación, la verdad sea dicha, no sé porqué. Por cierto, ¿no me digas que no sabías que en tu habitación había un cuarto de baño? —no sabía qué decir—. Ése era el que yo pensaba que estabas utilizando. ¡Oiiiiigg, te queda muy sexi mi albornoz! —le picó Dolo, riéndose a carcajadas, lanzándole los pantalones, diciéndole—: Pruébatelos.
Vito, con un mosqueo de premio Nobel, los cogió en el aire, dirigiéndose a su habitación.
—¡Oye, Vito! —él la miró—. Creo… —ya se esperaba otra impertinencia de ella— que deberías depilarte las canillas (piernas) —le dijo con voz afeminada.
—¡No aguanto más! Ahora mismo te voy a demostrar que no soy… —corrió hacia ella. Le puso, por la espalda, sus zarpas sobre los hombros, zarandeándola, eso sí, más cariñosamente que violentamente.
Ella no oponía la menor resistencia. En uno de los zarandeos Dolo retrocedió. Las manos de Vito resbalaron. El albornoz se abrió. La espalda de ella se pegó, como una lapa, al torso de Vito. Quedaron: estatuados; rígidos; ciegos voluntarios; más tiesos que unas bragas lavadas en pegamento. Por un momento, sus corazones palmaron. La unión era tal que cada uno sentía como se llenaban los pulmones del otro. La explosión feromonal inundó sus órganos vomeronasales.
Las palabras feromonas y órgano vomeronasal, no están recogidas en el diccionario de la RAE. Las acepciones que utilizo a continuación, para las feromonas humanas –que son a las que yo me refiero- están sacadas de artículos publicados en Internet. Pido disculpas por no reflejarlos aquí, porque tomé muchas notas y no consigo encontrar el papelito. Si olisqueáis por Internet, conoceréis la controversia que se ha creado sobre el tema.
(Feromonas humanas: son olores emitidos por nuestros genitales, su misión es atraer a los miembros del otro sexo. Las segregadas por las mujeres se llaman copulitas, y las segregadas por los hombres androstanos).
(Órgano vomeronasal (OVN): Órgano sensorial, alojado en las fosas nasales. Se dice de él que es el sexto sentido de los humanos)
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Dolo, muy lentamente, giró la cabeza hacia atrás hasta clavar los ojos en los de Vito. Él la abrazó, sintiendo descansar sobre los antebrazos, dos abombamientos prietos y elásticos. Combustible suficiente para que germinaran los pezones, con tal violencia, que daban la sensación de que iban a perforar la tela de la camisa. Las dos miradas fundidas, ardientes, imantadas, produjeron un acercamiento interminable y fogoso (ardiente) de las dos parejas de labios, hasta que se sellaron con meridiana suavidad. El tiempo se paró. Ninguno de los dos expresaba signos de pasión. Parecían dos adolescentes asustados. Los primeros labios en masajear a los del otro fueron los de Dolo. No tardó mucho en activar Vito los suyos. El beso paría dulzura en todo su esplendor. Los dos rumiaban en su interior que ese beso no era un beso cualquiera, sin embargo, se resistían a pensar que fuera de amor; lucha inútil, porque su organismo lo estaba pregonando a boca llena: Los golpetazos rítmicos, fuertes y veloces de su corazón, bombeaban la sangre a discreción; los estómagos aguantaban, como fortalezas inexpugnables, los electrizantes calambres producidos por los bombardeos de bilirrubina de los hígados; los párpados caídos, cerrados sin discusión; los brazos de él sobre ella, pero no apretados; los de ella caídos, desmadejados; los dos con los vellos erizados en rebelión, dando la impresión de que estaban a punto de ser disparados por sus poros, como proyectiles. Aun padeciendo todas estas alteraciones, continuaban, como masoquistas crónicos, rozando sus labios. El tiempo cabreado, por haberlo parado, comenzó a subir las temperaturas corporales. La primera afectada fue Dolo, al sentir, al final del espinazo y comienzo de la falla (fractura que interrumpe una formación) de sus glúteos, una leve presión que aumentaba por momentos. La manada de voltios que recibió su cuerpo la llevó a que apretara sus frescas, por edad, y frías, por naturaleza femenina, y duras nalgas contra la caudalosa bomba de óxido nítrico (en los varones el óxido nítrico que se libera en el pene, produce la erección) de Vito. En plena voluptuosidad (complacencia en los deleites sensuales) los dos colocaron su dial en punto muerto.
—<<¡Ojú, madre! —pensaba Vito—. ¿Sigo, o me paro? A ella le gusta, porque no veas como ha empujao patrás. Qué bonita es. Me he enamorando de ella. No puede ser Vito, como lo hagas te arrepentirás toda tu vida. Has visto dónde, cómo, y con quiénes actúa. Tú no podrás aguantar en su plantilla. Únicamente con los líos que ha vivido hoy, tú no lo soportas otro día más. Es de paranormales. Mejor te pegas un tiro... Que sí, no te martirices, que tú nunca podrías vivir como vive la Dolo. Pero, ¡un polvo es un polvo! ¡Joder, tú no eres así! Estoy a punto de que me dé algo. Piénsatelo bien, si no te acuestas con esta octava maravilla en este momento, en tu vida catarás un yogur así. La verdad es que no me sentiría feliz si me acostara con ella sólo por echar un polvo. La desilusión me atormentaría. Lo que me gustaría es que fuera por amor, que desde luego yo lo siento, pero para ella soy otro más. Nada más pensar con todos los tíos que está, se me revuelve el estómago. Nunca viviría con una mujer a la que se han cepillado por viciosa. No debo darle pie a que piense lo que no es. Así que Vito, sé valiente y juye>> —la bomba cortó la inyección del óxido nítrico, quedando en recogimiento. Bruscamente, antes de que ella pudiera reaccionar, deshizo el ensamblaje labial, corriendo hacia la habitación.
La sorpresa maquilló el rostro de Dolo como si estuviera en la puerta de las duchas de Auschwitz, aunque le duró tan poco como una porción de queso en una ratonera. Respiró profundamente, sonrió feliz. Dejándose caer muy despacio, se sentó en el suelo con las piernas entrelazadas, imitando al mejor hindú en su más profunda meditación. Comenzando ella a darle al pensamiento:
—<"No me lo puedo creer. Llevo buscando a un hombre así, más que los judíos la paz, y me llega en el día más intrincado (enredado, complicado) de mi vida. No es justo. Este cateto me ha enamorado locamente, no, mucho más que eso, me ha demostrado que es más legal que Las Tablas de la Ley. No, no, no, éste no se me escapa. Mañana, después de la entrevista, hablaré con él tranquilamente>> —se reincorporó, entró en la cocina para beber un vaso de agua, y se dirigió a su habitación. Al pasar junto a la de Vito, se detuvo. Dudó si entrar para decirle lo que sentía por él. Levantó la mano derecha para golpear la puerta con los nudillos. A un milímetro de la madera abortó la llamada. Con parsimonia (lentitud) reanudó su viaje. En lugar de entrar en su habitación, se dirigió a la habitación donde tenía el ordenador, sin pausa comenzó a escribir.
Vito que, desde que Dolo se paró en la puerta de la habitación, estuvo con la oreja pegada a la puerta, la entreabrió cuidadosamente al oírla marcharse. Le dio tiempo a ver donde entró. El desconocimiento de lo que allí había, martirizaba su curiosidad y pensó:
—<<Ése no es su dormitorio. ¿Qué hará allí? No me extrañaría que fuera su centro de mando. ¡Vaya papelito que he hecho! Ahora sí que va a pensar que soy un marica. Pero yo sé que no lo soy. Me duelen los testículos del calentón. Si lo hubiera hecho, mañana no hubiera sido capaz de mirarla a la cara. Dolo, ¿sabes por qué? Porque con ese polvo hubiera traicionado mis principios. ¿No lo entiendes? Pues está clarísimo. Me gustas tanto que mi corazón me pide que te respete. Si no me hubiera enamorado de ti te habrías enterado de cómo es el Vito. Si supieras cómo me has enganchado. No hay derecho, ¡joder! ¿Y si realmente le gustara yo? No, Vito, sólo desea probar a otro. ¡Dolo, que yo no puedo vivir con una mujer que…! Debo salir y aclararle el por qué de mi estampida. ¡Dónde vas muchacho! Si lo haces, te vas a nominar tú solito para el “Goya” de los idiotas. Está clarísimo que ahora no dudará de que soy maricón. ¡Tiene guasa esto! ¡Vito, a la cama! A ésa le dan igual tus sentimientos. Mañana, cuando te vayas, ya no se acordará de ti>> —se colocó los calzoncillos. Tumbado en la cama, decúbito supino (tumbado sobre la espalda) con las manos en la nuca, miraba al techo, luchando para no pensar en ella. Todos sus deseos se esfumaron al oír decir a la puerta de su dormitorio—: “Toc, toc”.

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